
LA BLANCURA DE LA BALLENA. RODOLFO SERRANO. EXLIBRIS EDICIONES
"En estos tiempos donde la aventura es montar en camellos para ver las pirámides de Egipto, por ejemplo. O fumar un cigarrillo en el andén de una ciudad perdida, mientras descansa un segundo el tren de velocidad inalcanzable, Rodolfo Serrano nos propone una aventura grande, trenzada de ternura, rabia, amistad, sensibilidad, ternura"
Aunque, Pablo Guerrero, parece decirlo todo es este pequeño fragmento de su inmenso prólogo, a mí me gustaría añadir, que después de leer este libro, llego a la conclusión de que Rodolfo deja de ser sólo poeta para convertirse en un psiquiatra que ha sometido a la vida, a la ciudad, etc, a una exhaustiva y afortunada sesión de hipnosis. No ha quedado ningún secreto por contar aunque en cada verso, el autor prometa la oportunidad de nuevos misterios. Un libro limpio de ejecución, dejando que cada sensación pase rozando el cuerpo de autor y lector sin que brote la sangre, pero dejando constancia de que cada palabra señala la llegada de una herida, porque saber y conocer siempre hiere. Como siempre exacto y arriesgado a pesar de esa calma con que busca la forma de sus poemas, esa sencillez que poema tras poema desarma y a pesar de todo ¿Quién no querría estar en la batalla?
Tierno como pocos, Rodolfo pondrá con este libro, muchos sentimientos y sensaciones en ese lugar exacto que muchos ansiamos no poseer. Es bueno que un poeta te recuerde todo aquello por lo que estás formado, Rodolfo lo hace y cuando cierras el libro y las palabras y las imágenes siguen chocando contra los huesos que forman tu cabeza, cierras los ojos y te atreves a decir en voz alta: "Confieso que he vivido". Vivir no es fácil, pero con versos como esté la vida se vuelve controvertidamente sencilla. Como siempre para no perderse. Os dejo un poema para que surja el hambre y devoréis este libro.
LA MANZANA PROHIBIDA
A veces, en la calle, al volver una esquina
aparece, ante ti, un gesto, un rostro.
Y es como todo,
la pasión por la vida, mismamente,
se hiciera en un instante
el segundo preciso
para salvar el día que comienza.
Y percibes
el roce de una mano o ese fresco
aroma de la hierba y de la lluvia.
Si te fijas un poco,
verás correr ante ti las lagartijas
que en las tardes de siesta perseguías
cuando madre
trasteaba en el patio y en la torres
escuchabas el tac-tac de la cigüeña.
Son minutos escasos,
los precisos
para saber al fin que el paraíso
viaja en el autobús
y que te abre
sus puertas para entrar y la manzana
es más dulce si, al final, está prohibida.
















