Me pides que hablemos y aunque quiero guardar silencio
porque nunca he tenido buena relación
con la familia de los pronombres personales
voy a hablarte por primera de mí.
Yo (qué horrible pronombre)
nací el mismo año en que las arterías de Kerouac
iban a cansarse de él.
El mismo año en que Truffaut convertiría a Catherine Deneuve
en la enigmática Julie Roussel de “La sirena del mississippi”
Ha pasado el tiempo y todos estamos vivos,
aunque de manera distinta;
François y Jack llegan ante nosotros
escoltados por sendos epitáfios
y seamos consecuentes
ese es un golpe de efecto difícil de superar para cualquiera.
Yo (peligrosa repetición)
nací en un año altamente erótico
por el deliberado capricho de una casa discográfica,
un día antes de que en Woodstock sólo se hablara de amor y paz.
Mientras hablo contigo
vas adoptando la misma pose patética
que Perrault dibujó para el lobo feroz de su cuento más célebr
e y comienzo a entenderlo todo,
que esperes tanto de mí
la importancia de esas dos copas,
alimentadas con Bellini,
que reposan sobre la mesa de cristal.
Ahora entiendo que te hubieras hecho tantas ilusiones,
que me invitaras a tu casa,
que hayas bajado la intensidad de la luz
y que escogieras como bada sonora
“Dans ta bouche” de Biolay.
Ahora lo entiendo todo,
eres uno de esos hombres que se dejan deslumbrar
por una partida de nacimiento.



















