
#PAPACUENTAMEOTRAVEZ.DANIEL SERRANO.EDITORIAL ARIEL.111 PÁGINAS
A veces, cuando leo un libro me pregunto si lo bello en la literatura es siempre lo eficaz. Quizás por eso en esta ocasión haya tenido que releer, había que separar el ruido de la furia para degustar : "la última sílaba del tiempo testimoniado".... si me hubiera quedado con una primera lectura ahora estaría hablando de una primigenia hermosa pero contaminada por un yoísmo que seca la boca de quien lee. Afortunadamente existe la posibilidad de releer, de reorganizar el menú. Y eso es lo que he hecho, reorganizar un menú que a priori te entra por los ojos pero que en una primera lectura, a pesar de que el texto está divinamente escrito, te deja con hambre o sería mejor decir que te deja la boca llena de preguntas. En cambio al releer las partes blandas de la boca y del cerebro se impregnan de frase bellas que construyen pasados que pudieron haber hecho de nosotros hombres y mujeres. Se nota que el autor lleva años mirando a su alrededor, mirando su sombra, analizando los movimientos de una generación que ya vislumbraba y para la que hace muchos años escribió un himno. Entonces, cuando escribió aquella canción sin música que presentía como un blues ya supo escoger lo valido sobre lo inválido y separó como yo he hecho al releer, el ruido de la furia. Porque mirar significa maniatar casi siempre a tus ojos, saber que todos los objetos , personas y episodios que refracta la luz hasta colarnos en nuestra retina no son siempre útiles. Y de eso va este libro, de la historia útil, de las aventuras que van agrandando y mimimizando nuestros cuerpos. Es una suerte que el autor sepa lo que debe hacer con las palabras para que la historia, a pesar de la singularidad que imprime a cada una de sus frases y páginas, sea tan contagiosa que se nos olvide que nosotros el día de mañana, cuando seamos padres también deberemos contar derrotas a nuestros hijos, porque está más que claro que las generaciones proponen y los gobiernos disponen, aunque sea hermosísimo leer frases como esta: “A veces la victoria se logra sin saber que se ha vencido”.
Me gusta el tono, el ritmo demoledor y contagioso con que el autor va acorralando a quien lee, quizás me disguste un poco la reincidencia autobiográfica, aunque la biografía que cuente sea hermosa, casi lírica. Me disgustan también los lugares comunes, esas frases que a mí entender siempre deberían estar adscritas a cuerpos aún por hacer o a cuerpos que pretenden deslumbrar a quien se ama o que serían más idóneas para otras revoluciones. Las palabras de Shakespeare son casi siempre de una vigencia extrema, pero el descontento de su Ricardo III creo que casaría mejor en otro ámbito, porque en el 15 M todos somos perdedores y por desgracia las coronas de laurel no van a llegar. Quizás como dice el autor yo pertenezca a esa izquierda agotada en un aliento de cinismo agrio y literatura, democracia y revolución sólo sean para mí un conjunto de infecciones que me hacen delirar hasta sacar lo peor de mí.
Aún así, ha sido estupendo recordar lo pasado, su biografía generacional también es la mía, aunque yo no corriera junto al cojo aquel rompe escaparates, y el primer porrazo de la autoridad me lo llevara cuando ya no tenía edad para las revoluciones aunque sí para detestar la guerra. Me ha gustado recordar la canción, me ha gustado sumergirme en esa poesía que lleva implícita la derrota, porque querido Daniel, el hombre nunca gana, porque el verdadero oficio del hombre es perder, a pesar de la poesía en general y de la tuya en particular.